Nadie me avisó

Por: Carolina Hernández www.amosermama.co

Las mujeres deciden ser mamás porque lo soñaron desde pequeñas, porque junto a su pareja descubrieron que ése era el camino que querían recorrer, o porque la vida las sorprendió. Pero casi ninguna se hace mamá sabiendo lo que le espera.

La maternidad es cuestión idealizada, y aunque escuchamos a tías y abuelas decir que educar es complejo e interminable, nunca nos imaginamos la cantidad de pequeños detalles que nos agobiarán y el sinnúmero de decisiones que nos trasnocharán.

Yo elegí ser mamá, y nos embarcamos en un camino obviamente nuevo y desconocido, y no es que pretendiera que me capacitaran en cuanta minucia, pero me hubiera gustado al menos tener noticias de algunas cosas. No creo que me hubiera quitado porque fue una decisión llena de certezas, pero creo que estaría preparada sicológicamente. No creo que lo complejo dejara de ser así sólo porque me advirtieran, pero creo que podría usar ideas en momentos de crisis. Decir “yo te lo dije” en maternidad puede ser inocuo, pero creo que haberlo oído es una manera de generar conciencia sobre pequeñas cosas que no consideramos siquiera probables.

Les comparto algunas de esas cosas en las que me hubiera gustado estar preparada sicológicamente o recibir ideas previas a cómo afrontarlo:

1. Que la lactancia era tan compleja: al ser una de las cosas más naturales de la crianza, yo asumí que sería una de las más simples. Que mi primer hijo se pegaría de la manera adecuada y mi cuerpo produciría todo lo necesario para alimentarlo. Y no. Creo que hay situaciones que se pueden prever, técnicas que se pueden aprender y casos que se pueden reconocer como posibles. Cada experiencia en la lactancia es única y mi primera experiencia no fue positiva, me sentí sola y desamparada y fue durante mi primera semana como mamá que dije por primera vez “por qué nadie me avisó?”
2. Que todo el mundo tendría un consejo para darme: aunque me hubiera gustado que me avisaran de muchas cosas, no me gusta que la maternidad esté rodeada de gente que opina con dedos señaladores y sin empatía. Nadie me avisó que tendría que ponerle filtro y hacerme la que escucho todo cuanto me dicen. Tampoco me hablaron de la necesidad absurda de casi todas las mamás de comparar y de contar nuestras experiencias como si fueran los únicos caminos viables.
3. Que me encontraría con mis mayores miedos: Eso es en definitiva la maternidad: el encuentro con los miedos más profundos y la posibilidad de sanarlos. Nadie me avisó que me daría pánico que alguien maltrate a mis hijos o que mis hijos no aprendan a controlar sus emociones, ni mucho menos me avisaron que esos miedos son el resultado de mis propios temores a ser maltratada o a no tener conciencia sobre lo que siento.
4. Que el esposo se bloquearía en los momentos de mayor crisis: pasa que justo cuando es hora de irnos, el hijo mayor riega el jugo y el menor debe ser cambiado de pañal y de ropa de manera urgente. Y entre correr terminando de empacar pañalera, agarrar la trapera para limpiar el reguero, y alcanzar al menor que huye para no ir al cambiador, el esposo colapsa mentalmente. Nadie me avisó que hay hombres a los que si uno empuja se encunetan, y que yo me había casado con uno de esos.
5. Que superaría escrúpulos: limpiar mocos con mis propias manos era algo que jamás consideré posible, y ser mamá me ha enseñado a limpiar mocos con mis dedos, a tolerar las pecuecas más fuertes, a acompañar virus de vómito y diarrea, y a limpiar heridas sin chistar. Ser mamá te hace traspasar tus propios límites, cuando del bienestar de tus hijos se trata.
6. Que yo también haría pataletas: muchos de los momentos de crisis de mi familia, no son las temidas pataletas de los niños sino las situaciones en las que yo como adulto me engancho, y sólo me falta tirarme a darle puños al piso para llegar al nivel de pérdida de control de mis hijos. Nadie me avisó que en la maternidad es fundamental tener claro quién es el adulto a cargo en los momentos de conflicto y la importancia de soltar mis propios paradigmas para llegar a acuerdos.
7. Que son seres humanos diferentes a mí: desde el embarazo soñé con niños obedientes y “bien educados” y nadie me avisó que los bebés de revista o de libro no existen y que lo que existe son seres humanos en formación, que no serán exactamente lo que yo quiero que sean. Nadie me avisó que ni ellos cumplirían mis expectativas ni yo las de ellos.
8. Que tendría que asistir a piñatas con muchos desconocidos: he aprendido a disfrutar escenarios donde conozco a una o dos personas y abundan las mamás comparadoras y las conversaciones del estilo de “el mío gateó a los 6 meses y pasó la noche completa a los 3, come verduras y le encanta el jugo verde”. Aprendí a ir a piñatas de niños que ni siquiera conozco, porque elegí celebrar la vida de los amigos de mis hijos y enseñarles a celebrarla.
9. Que muchas veces habrá desacuerdo con los abuelos: confiaba en que los abuelos de mis hijos me ayudarían prácticamente a criarlos. Nadie me avisó que el rol de los abuelos no está para nada sincronizado con mis visiones de crianza, pero que así y todo, su papel es fundamental para mis hijos y su ayuda vital para la supervivencia de nosotros como pareja.
10. Que la vida es perfecta: así nadie me haya avisado nada de esto, estoy convencida que la vida desde la maternidad es perfecta, que mis hijos nos eligieron como papás, que lo estamos haciendo lo suficientemente bien para darle al mundo seres más conscientes y lo suficientemente mal para que esos seres elijan sus propios traumas en la adultez. La vida nos unió porque nos necesitábamos para aprender algo mucho más grande que lactar, aceptar consejos, superar miedos, pedir ayuda, superar fobias, expresar emociones, aceptarnos como somos, ir a fiestas y conocer extraños, y capitalizar la presencia de los abuelos.

Nadie me avisó muchas cosas que hoy me cuestionan de la maternidad. Y probablemente la lista cada año aumente y se transforme. Pero de lo que estoy segura es que nadie me avisó que siendo mamá será mucho más lo que gane que lo que sienta que pierdo cada día.

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